Para algunas personas, saludar no es fácil, ya que puede resultarles muy exigente emocionalmente.
En nuestra cotidianidad, el saludo es una forma de reconocer la presencia de las otras personas. Por ejemplo, saludar un vecino es una manera de decirle: “Sé que estás ahí. Existes”. También, cuando alguien nos saluda, sabemos que advirtió nuestra presencia.
Las formas de saludo normalmente incluyen hablar, mirar, tocar el hombro, dar la mano, abrazar y gesticular con las manos, la cara y los ojos. Con estas acciones se establece un contacto con el cuerpo del otro, que puede ser manual, visual o vocal. Esto, que parece tan sencillo para algunas personas, resulta para otras emocionalmente muy exigente. Por esto, antes de exigirle a su niño que salude, es conveniente cerciorarse de que sus condiciones personales le permiten hacerlo y de que saludar no lo afecta negativamente.
Es importante indagar si el niño con dificultades para saludar se encuentra en algún punto del espectro autista. Ahora, a través de un tratamiento orientado por el psicoanálisis, es posible reconocer la disposición psíquica del niño y acompañarlo en la construcción de estrategias para que se vincule a otros de manera tranquila, sin que predomine la angustia.